La clave está en la combinación de tres elementos: tiempo, constancia y diversificación.
Invertir a largo plazo te permite aprovechar el interés compuesto, mientras que las aportaciones periódicas crean un hábito de ahorro e inversión sostenible.
Además, diversificar tu cartera en diferentes activos y mercados reduce el nivel de riesgo y aumenta las probabilidades de obtener rentabilidades atractivas de forma consistente.